Miguel de Cervantes escribió la considerada primera novela moderna, pero también, y esto es importante, una novela cómica. Cervantes se rió de todos y hasta de la misma novela como objeto artístico. Del Quijote de Cervantes a La conjura de los necios de Kennedy O’Toole van unos cuantos siglos, pero en ambas tenemos a un héroe humorístico (que cae simpático al lector, quien se identifica con él) que, al mismo, se torna a continuación en un héroe cómico (ridiculizándolo, distanciándolo del lector).

El elemento cómico más simple es, según expone Henri Bergson en La risa, la rigidez del cuerpo y su comportamiento mecánico, su cosificación frente a la flexibilidad natural. Es decir, la figura del mimo. En este sentido, el caballero don Quijote es un caso paradigmático. Todos sus rasgos físicos (como también de su montura) están exagerados a modo de caricatura, de anti-héroe o anti-caballero. Para empezar, su delgadez y debilidad son extremas. «Era cosa de ver la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y, sobre todo, no nada ligero». Su palidez y rigidez extremas, en el fondo, guardan una estrecha semejanza con los actores en el cine mudo en blanco y negro.
Otro elemento de la comicidad de la obra es la pareja cómica que forman el Quijote y Sancho. Para empezar, el contraste entre la apariencia física de don Quijote —muy alto, largo, flaco, rígido y pálido— y la de Sancho: «con la barriga grande, el talle corto y las zancas largas». Quijote y Sancho constituyen la típica pareja cómica basada en la desproporción (volvamos al cine mudo y recordemos a Laurel y Hardy). Dentro de este binomio, don Quijote representaría la faceta intelectual con desprecio por lo real, es decir, la cabeza, y Sancho la física o las funciones del cuerpo, es decir, el realismo. Don Quijote encarna el idealismo y el desprecio por lo real, a lo que considera vulgar. En cambio, Sancho Panza es la representación del realismo en su más cruda expresión.
Pero lo cómico va, en el Quijote, mucho más lejos que la interpretación superficial de los episodios cómicos típicos (los molinos de viento, los cueros de vino, Batanes, etc.), de las groserías fruto de la ignorancia de Sancho o de la caricatura de caballero andante que es don Quijote, dando la vuelta a la tradición de novelas de caballerías pero también recogiendo el humor de la picaresca, el entremés y celestinas varias.
Aún así, el humor del Quijote es menos un humor Aristofánico que el advertido por Platón. Es decir, es un humor más culto y refinado que la sátira maliciosa de Quevedo, del Sancho de Avellaneda o de la Celestina. Y es que el humor, para Cervantes, se debe al decoro, al buen gusto, ejemplaridad e inteligencia artística. Un ideal del humor de tradición culta que se remonta a la Poética de Aristóteles y que se extiende más allá de Cervantes hasta el Renacimiento. Estas dos tradiciones opuestas, la Aristofánica y la Aristotélica, recorren toda la historia de la literatura.
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