Un relato de Tomás Álvarez Tirado.
Felipo Mingómez es, y siempre fue, jardinero y florista. Él tiene un secreto. Oye a las flores. Las oye conversar en fluidos acentos e idiomas, con particulares vocablos y localismos y un tono muy concreto que siempre es el mismo. Aquí un ejemplo de la típica conversación entre algunas de ellas escogidas para un ramo preparado con esmero:
Una rosa: ¡HIJA DE LA GRAN PUTA, TE RAJO!
Un gladiolo: ¡¿QUÉ LADRAS TÚ?! CERDA. ACÉRCATE A VER SI TE METO DOS HOSTIAS.
Una lila: ¡¡ME CAGO EN TODO!! ¡¡MALPARIDAS!! OLEIS A MIERDA PORQUE SOIS MIERDA.
Y así.

Felipo consiguió su don un viernes de borrachera en el que se quedó dormido en el trabajo, justo antes de cerrar el invernadero donde trabajaba. Se bebió media botella de vodka para olvidar un amor y mientras gritaba atormentado agitando los brazos y hablando con su buen amigo nadie, tropezó con una manguera, se golpeó la cabeza con una regadera de metal que colgaba del techo que emitió un sonoro y virtuoso ‘clang’ en si bemol. Durante la caída trató de aferrarse a algo en el aire, con tan mala fortuna que agarró un bote sin tapón de fertilizante líquido de una estantería que se derramaría encima de él. Cayó incrustando la cara en un montón de abono fresquísimo traído de vacas sagradas de la India. Su último aliento antes de perder el conocimiento durante todo el fin de semana fue para incorporarse levemente y vomitar. Dos días después, despertaba en un charco repugnante rodeado de un olor imposible y con un dolor de cabeza que le impedía pensar. Los oídos le zumbaban con cientos de voces insultándole.
Unos jazmines: EL BORRACHO DE LOS COJONES SE MUEVE YA.
Unas margaritas: TE JURO QUE LO MATAMOS. ¡¡¡LO MATAMOS!!!
Unos claveles: IMBÉCIL, CABRÓN, ¡¡¡TE MARCO LA CARA!!!
Salió de allí dando tumbos hasta alcanzar la calle. De allí se fue a casa con intención de no volver jamás. En su casa se duchó y comió algo. Aunque no le sentó demasiado bien. Se metió en la cama y pasó tres días de fiebre intensa sin contestar ninguna llamada. Durante esos días pensó que deliraba cuando, de vez en cuando oía un “GORDO, DESGRACIADO, TE ROMPO LOS COJONES”. Más tarde supo que era una cala que tenía en el salón.
Las flores odian. Es su naturaleza. Felipo tuvo unas semanas horribles en las que no entendía que pasaba a su alrededor hasta que aprendió eso. Trató de explicarse a sus allegados. “Las flores insultan” decía. “Las flores son malhabladas y folloneras. Cuidado con ellas.” Con sus esfuerzos, sin embargo, consiguió que le medicaran primero, le encerraran después y le trataran con electroterapia para finalizar. Y así fue como Felipo aprendió dos cosas más. La primera fue la virtud del silencio sepulcral. No volvió a compartir con nadie su secreto. La segunda fue el gusto por el odio. Nada como la psiquiatría aplicada para cultivar y madurar el odio visceral paciente y discreto.
Fingiendo una curación para una enfermedad que nunca tuvo, Felipo se reinsertó en la sociedad y volvió a su antiguo puesto de jardinero y florista. Y trata a las flores con especial mimo y cuidado, aunque ellas le insultan y le amenazan permanentemente.
Al final de cada venta, el cliente se lleva una delicada flor que, aunque no se oiga, le grita: ¡¡NO ME TOQUES, PUTA, VOY A MATARTE. TE MATO MIENTRAS DUERMES. TE MATO!!
Entonces Felipo, cargado de odio, sonríe y piensa “Amén a eso”.
Este relato de Tomás Álvarez es el ganador del Segundo Premio de nuestro Concurso de Primavera, un certamen exclusivo para estudiantes de La Llama School.






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