Es muy común que alguien que acaba de ver una comedia nos diga: “A ver, es solo una comedia, pero me lo he pasado bien”.
¿Qué quiere decir es solo una comedia?
Hay veces que nos avergonzamos de decir que disfrutamos de las comedias. Nos cuesta decir en voz alta y con seguridad que nos flipan los gags de «Agárralo como puedas», de «Padre de Familia» o de «A todo tren», de Santiago Segura. O si lo decimos, lo hacemos advirtiendo que se trata de un guilty pleasure. El maldito placer culpable. ¿Por qué hemos de sentirnos culpables? ¿De qué? Entiendo que alguien se pueda sentir culpable por disfrutar con la lectura del «Mein Kampf» de Adolf Hitler, pero ¿con una comedia?

¿Es que hacer comedia no tiene la misma dificultad que hacer drama? La risa es un efecto muy difícil de conseguir en el espectador. Eso es un hecho objetivo y la gente lo sabe por propia experiencia (basta con intentar contar un chiste con éxito). Y aun así se considera un género menor. Menos importante. ¿Por qué? Por poco que uno repase la historia del cine, es evidente que la comedia está ahí desde sus inicios y que hay cientos de ejemplos de comedias que han trascendido el tiempo y el espacio. Chaplin, Keaton, los hermanos Marx, Billy Wilder, Woody Allen, Monty Phyton. Películas hechas hace décadas que nos siguen haciendo reír y reflexionar. Que siguen configurando nuestra visión del mundo.
¿Qué pasa para que sigamos considerando el género como algo menor? ¿Es que reír es menos importante que llorar? ¿Menos catártico? Yo diría que no. Yo creo que en la vida nos pasamos mucho más tiempo riendo que llorando. Es más: la risa tiene una clara función terapéutica. Lo que pasamos por alto, lo que se olvida siempre con la comedia, es que es un género que, además de provocar la risa (cosa absolutamente loable) es el único que nos invita a reírnos de nosotros mismos, de nuestros propios defectos e imperfecciones. La comedia pone en evidencia las grietas de nuestras convicciones, nos hace ver lo pequeños, lo ridículos que podemos ser y nos impulsa a reírnos de ello.
En las dictaduras (que se toman muy en serio a sí mismas), es habitual prohibir los chistes. Tristemente este fenómeno de intolerancia con el humor lo hemos visto también recientemente en sociedades democráticas. No hay ejemplo más diáfano del poder de la comedia. Si te ríes de según qué, según dónde vas a experimentar un verdadero guilty pleasure. Pero guilty de los de ir a la cárcel.
Si te han gustado estas reflexiones sobre la comedia de Marc Crehuet, encontrarás muchas más en su curso “La comedia desde el drama”, exclusivo para estudiantes de La Llama School.




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